Hace poco hablaba con un amigo que trabaja por cuenta ajena, su mujer se quedó en el paro y decidió abrir un pequeño comercio. Aunque los inicios fueron duros, su esfuerzo y trabajo diario, incluidos fines de semana, dieron sus frutos y el negocio empezó a funcionar. Ingresos estables, buen personal, buenas compras y sobre todo, buenas ventas.
Todo esto lo hizo el solito, sin ayuda de nadie.
Animado por el buen ritmo, decidió seguir con el desarrollo del negocio y abrir una segunda tienda. Los resultados de la primera, le hicieron seguramente “bajar un poco su nivel de atención” y firmo un contrato de arrendamiento del local bastante “duro”. Claro, con lo bien que le había ido la primera tienda ¿cómo iba a ir mal la segunda?


